Mis caudalosos ríos
migran entregando
sus causes
a un mar desértico,
de pulcra
pureza doliente;
que me trae ahora
ante mis ojos;
las manos de Jesucristo;
enfermas de amor por la vida,
surcadas sin piedad
por la muerte...
Deberías saber,
tu esencia conserva
la prueba fehaciente
de mi locura.
Eternamente agradecida
por eso.
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