30 jul 2015

Una vez abracé la certeza de poder juntar mis huesos rotos,
y supe poner en pie mi carne desgarrada,
incluso logré apaciguar el fuego que mordía mi alma.
Nada podía doblegarme,
pude detener el espasmo de dolor, pude aplacar la nausea,
pude respirar con calma, pude desterrar la opresión
y las sombrías garras ocultas en los plieges de los seres amados.
Y en ese instante hubo claridad;
una claridad pura, más no doliente...
El aire renegrecido dejó de quemarme,
la sal del mar propuso su canto de sirena
y mis manos se desvistieron de cruces y de ausencias.
Todo respiró conmigo como nunca antes,
ese día fui todo lo que podía ser.


Mucho tiempo me llevó volver a pensar en la prisión que dejé;
y te supe triste,
y te supe solo,
y te supe enfermo...
y sentí pena por el hombre que dejó ganarse por el monstruo;
sentí pena por ti, padre.

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