I
Entro al baño y cierro el pestillo.
Tomo una rápida ducha, enjabonándome enérgicamente
bajo el agua hirviente
y pienso:
"Si mi piel se cayera
¿dejaría de sentir su cuerpo atroz?,
¿recuperaría algo de mi pureza?"
Abajo del agua, las lágrimas se pierden,
los dientes rechinan.
II
Me seco eficaz,
tomo todo y me voy.
III
Acaba de llegar.
Se instaura toda ella;
sabedora de ser la dueña
de mi sentir.
Me encuentro rendido y expuesto al terror.
Ingenuo de mí,
sus dientes se muestran,
majestuosos.
Toda ella fuego y tempestad.
Es estonces, cuando el velo cae
con una lentitud insoportable.
Sus ojos de esfinge se abren
en un rápido restallar de un látigo.
Sus inmensos ojos llenos de nada,
llenos de la sustancia misma
del existir.
-Tu mirada es otra de las formas de la soledad.- Termino por decirle.
María sonríe con la calma del hielo,
y se que nunca volveré a verla.
IV
¿Darío, por qué llorás?
...
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