La apatía llega en una ráfaga fría, colmando el sepulcral silencio que nos rodea.
Un aire viciado, espeso, carga el cuarto de un aroma dulce, que me recuerda a las flores del cementerio.
Me descomponen las presencias mudas, la falta de expresión en rostros iguales, o igualmente indiferentes.
Me disuelvo...
Te miro desde el piso...
Te contemplo...
Tu expresión... No la encuentro.
¿Quién la habrá robado?
Pareces experta en tus formas de ignorarme...
Mis manos en tu cuello sostienen tu frialdad errante...
La falta de aire te vuelve sublime,
el fuego en tus ojos que resplandecen de odio,
dan cuenta de las cosas una vez más...
Te suelto, despierta ahora, consciente ahora...
Beso tus lágrimas impregnadas de realidad,
porque ahora entendés más de lo que quisieras.
Perdón por traerte de vuelta...
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